...recuerdos de aquel niño que leía los libros de Gil Pérez en el viejo sillón de La Vega, aquellos recortes amarillos en el armario, aquellas tardes en la fría piedra del estadio, aquellos sueños, pensamientos y deseos que tuve desde aquella grada que fue mía, DESDE MI GRADA VIEJA...

miércoles, 12 de agosto de 2015

La mirada de Juanjo y Rezza

Hay gestos, poses, actitudes ante un objetivo que marcan.
Cuando de crío decidí colgar el póster de M.A.S de 1976 en las paredes de mi habitación para engrandecerla con la imagen del equipo más glorioso de la historia de la UDS, tomé como costumbre, de forma regular, detenerme delante de ella y observar cada detalle de la misma; llegando a escrutar con frecuencia cada recoveco que aquella maravillosa lámina escondía. (VER: Siempre conmigo).

Y siempre, siempre, como atraído por un imán imaginario, me acababa deteniendo en dos hombres, Juanjo y Rezza, los dos únicos, de aquel once histórico, que eligieron el objetivo de Chema y no otro, para mirarlo fijamente mientras la prensa disparaba; logrando con sus miradas un gesto de proximidad, para mi extraordinario, que los hacía tan intimidantes como cercanos.

Fueron muchas las veces que mi imaginación superó la imagen y aquella pose, en la que juntos en la formación, los dos defensas centrales titulares de aquel once, grandes, musculosos, fuertes y desafiantes, me hicieron acercarme a la grandeza de aquel equipo a través de sensaciones, del que vive lo que nunca vivió de alguna manera... y sentir como propia la magnitud de un bloque que defensivamente, gracias a ellos, entre otros, levantó admiración por toda España.

Esta semana se marchó Juanjo, Don Juan José Enríquez Gómez y la imagen que he sentido como la más grandiosa de la historia de la UDS desde niño se quedó huérfana de aquel gigante barbudo que observé tantas veces y admiré desde mis orígenes como aficionado, sólo con lo que me imaginaba.

D.E.P señor Juanjo, y no dude que me seguiré plantando delante de su mirada cada cierto tiempo, porque la Unión, su grandeza, y aquel orgullo blanquinegro del que Salamanca presumió alguna vez gracias a ustedes, se transmitirán eternamente en su mirada.



jueves, 6 de agosto de 2015

Soñando goles

Fui de aquellos niños que empezaron a dar patadas a un balón agarrado a Naranjito; de aquellos que en las fiestas del colegio cuando todavía se hablaba de 2º de preescolar y la pelota era más grande que nosotros, me vistieron de la Unión Deportiva Salamanca con el pantalón negro por encima del chándal por si me caía; fui de aquellos niños de los que en su colegio no tenían equipo de fútbol grande y sólo podían jugar al fútbol-sala, de aquellos que intentaban hablar de la Unión en los recreos y nunca encontraban con quién, de aquellos que crecieron sumidos en el fenómeno Butragueño; y que sumaron a Maradona, como pilares del futbolista que como niños, la actualidad televisiva de mediados de los ochenta hizo que quisieran parecerse.

Quizá fue por eso, por los espacios pequeños obligados del “futbito” y los modelos futbolísticos de la época, en los que lo sutil predominaba sobre la fuerza; por lo que desde entonces admiré siempre más la propuesta del envío raso que del largo y bombeado; entendí la “pared” como la forma más pulcra de desbordar al contrario y elevé el recorte en el arte del regate, por encima del desborde al sprint en los vértices del área. Integrando para siempre en mi interior, que en la definición, en los uno contra a uno frente al arquero, era la belleza del “pase” a la red ante su media salida, preciso y elegante, el que me llenaba y no tanto así el disparo con potencia... y que al final (como le escuché a Navalón años después) del embroque se sale andando, acompañando el remate del lance; el balón; con una media mirada...

Por eso y desde esa grada que tanto echo de menos hoy, en el estadio Helmántico, fue ese corte de jugador de “entre-líneas” los que más me llegaron; jugadores combinativos, frágiles en ocasiones, pero elegantes, con pies que empleaban una escuadra y un cartabón en sus decisiones...

Y así, como no podría haber sido de otra manera, de crío yo también deseé acercarme a aquello con mi humilde juego.

Avanzaron los años ochenta, y mis ansias por querer jugar en un equipo se colmaron en el colegio, donde alcancé mi principio y mi final como futbolista; futbolista de fútbol-sala, no había otra cosa; corría 1985 y aún recuerdo cuando Simón nos repartió aquellas camisetas rojas usadas por varias generaciones del colegio una tarde tras las clases; el día que en los soportales del Maestro Ávila nos dividieron en alevín “A” y alevín “B”, para mi desconsuelo. "Así podrás jugar más" -me dijo mi padre-.

Paseé mis pobres hechuras como atleta por muchos patios de la capital salmantina, con la ilusión del que en cada metro de cemento, imaginaba correr por aquel tapete verde que antaño cubría el firme del Helmántico... hasta jugué en el pabellón de la Alamedilla y aquello me pareció poco más que Wembley, el de ahora no, el legendario, el de toda la vida.

Pero desgraciadamente, fui de aquellos niños con ansias de balón que manejaban la teoría con cierta facilidad pero su cuerpo no era capaz de llevarla a la práctica. 
Para esta última, para ese arte del dominio del juego y la pelota sólo me servían las noches y sus sueños; porque ya acostado, sobre la almohada de mi casa de Salamanca, incluso antes de saberme dormido; como por arte de magia, el mismo balón que botaba siempre largo en el ajado cemento del colegio y siempre encontraba una pierna rival para oponerse al pase deseado; dormido rodaba fácil y botaba siempre como había imaginado un segundo antes de recibirlo, y los disparos eran precisos, y los pases medidos, nunca, nunca fallaba.
Aún así, a veces, en ocasiones, pocas, o al menos una sola vez en la vida, algo de eso soñado sí sucede; y uno lo guarda en ese trocito de la memoria de lo que sí pasó; y en ocasiones, cuando algo pulsa ese botón que refresca las imágenes y las envuelve en color de nuevo, se eriza la piel de los recuerdos:

Se consumían los últimos días del invierno de una de aquellas temporadas de Alevín, y tocaba visitar al Salesianos “B”, “debutar” en aquel añejo patio que vio formarse a tantas generaciones de grandes jugadores unionistas.

-Caído a banda derecha, cuando la primera parte tocaba a su fin, un balón rechazado me alcanza; un solo defensa ante mi, adelanto el balón, conduzco,  recorto hacia la derecha y ¡sí!, sólo el portero delante...-

Entonces, bien fuera por mi poca fuerza al golpear la pelota, bien por aquellos posos de jugadores sutiles y de espacio corto que admiré y que finalizaban apuntando, bien influenciado por del que no hacía mucho tiempo fue considerado delicado gol por excelencia, aquel del “Buitre” en San Paolo, o por qué no decirlo, por esa pulsión o automatismo del que no le da tiempo a pensar y simplemente lo hace.

-...ante su salida, golpeé sutil a su derecha; superándolo, y poste, y gol, todo lento, todo despacio; lo sé porque no perdí de vista aquel balón que entraba y que no entraba mientras me iba alejando, en esa celebración que empezaba pero no empezaba, con mi índice en alto...-

Celebración a la que casi 30 años después me llevó el visualizar esta maravillosa imagen del irrepetible Gombau a un gol de Maxi en el añorado Calvario, que sirvió para pulsar ese botón de la memoria que refresca las imágenes del que os hablaba, y que me transporta cada vez que la miro a la misma pose, a las mismas miradas a un balón sutil que aquella mañana en el cemento de Salesianos; donde por primera y última vez en mi vida hice con un balón en los pies, lo que tantas veces sólo había soñado.

sábado, 27 de junio de 2015

Hace veinte años

Si en algún momento de su existencia uno tuviera la capacidad de mirar al futuro por un instante, no me cabe duda de que la sorpresa sería siempre la norma.
Si hace hoy veinte años hubiera podido conocer qué sería de mi y de mi U.D.Salamanca; seguro hubiera escuchado el relato con una media sonrisa en un gesto suma de incredulidad y extrañeza; envuelto sin duda, en uno de esos silencios que no se rompen con nada… sí, seguro, estoy convencido, así hubiera sido.

Hace veinte años iba a cumplir en poco más de un mes los dieciocho y acababa de hacer los exámenes de selectividad, que fueron una prueba de fuego para mi capacidad de concentración, pues se mezclaron con el partido de ida de la promoción… (al que fui) ese clásico encuentro que como aficionado uno desea vivir al menos una vez en la vida.

Una semana después, la vuelta la viví en casa de mi abuela, en el barrio de La Vega; con ese bajón de la misión académica cumplida y la decepción orgullosa de una derrota en el Helmántico que presentaba la vuelta como un reto previsiblemente inalcanzable.
No teníamos Telemadrid para ver el encuentro; y lo seguí nervioso en mi silla de los partidos, aquella que creía talismán, con mi walkman Sony y sus cascos; esperando con el paso de los minutos un milagro en el que reconozco que sólo empecé a creer con el gol de Torrecilla al filo del descanso.

Veinte años después, aquella selectividad que me llevó a estudiar medicina; indirectamente, quien me lo iba a decir,  hizo que hoy la esté ejerciendo en aquella ciudad que enmudeció Urzaiz con sus dos goles y veinte años después de aquel histórico duelo, hasta vivo a escasos tres minutos de aquel recinto y mis dos hijos, albaceteños, quizá algún día me pidan que les compre una bufanda de aquel equipo que cayó con estrépito aquella noche de hace hoy veinte años.

Dos décadas completas han pasado, y veinte años después de ese día, aquel equipo, el mío, que subió a primera aquella noche y que fue mi pasión desde mis tempranos cinco años; no existe hoy, y lo que es más dramático, no volverá a existir jamás… quién me lo hubiera dicho.

Así que hoy; (quién me lo hubiera dicho también en aquella noche de gritos, abrazos y lágrimas, en las que nos fundimos en el salón de aquella pequeña casa de verano, hace hoy veinte años); amanecí temprano y caminé hacia el estadio Carlos Belmonte, para buscar la entrada de Gol Norte y ubicarme unos minutos ante ella… en el deseo, ingenuo, como hago a veces, de querer sentir que un trocito de la Unión también descansa, veinte años después, en esta ciudad, en este estadio. 

Sobre ese fondo, remodelaciones incluidas, hoy, veinte años atrás, Sito templó el balón de su vida para que Ismael Urzaiz hiciera lo que todos ya sabemos… Sí, aquí mismo, en Albacete, quién me lo iba a decir a mi, hace veinte años...